¿Y dónde está la gente? Imprimir
Escrito por Hernán Payome Villoria - Director   


Hernán Payome Villoria

Director


Por momentos parecemos vivir engañados al afirmar que la época gloriosa del ciclismo colombiano nace y muere con Herrera y Parra. Y, aunque sería infantil negar la inmensa imagen que alcanzó el ciclismo criollo en los medios internacionales en la década de los ochentas, sería igualmente irresponsable olvidar que  como espectáculo de multitudes, su historial se remonta al mismo comienzo de La Vuelta a Colombia en Bicicleta en 1951.

Quizás en cifras queda más fácil explicarlo: en las Vueltas a Colombia que tuvieron arribo a la capital del país entre 1.965 y 1.970 podría calcularse que, en promedio, salían a las calles cerca de un millón de personas que se agolpaban masivamente a la margen de la vía desde los municipios de Soacha,  Fontibón o Chía, según de donde viniese la etapa, hasta la puerta de maratón del estadio Nemesio Camacho El Campín. Y hablar de un millón de personas en una ciudad que contaba con sólo un poco más de dos millones de habitantes, es hablar de casi el 50% de la población dedicada a rendir tributo a los ciclistas de la época. Esto nos indica que para emular la respuesta del aficionado al espectáculo ciclístico, hoy debería contarse con una afluencia de cerca de 4,5 millones de personas. Esta cantidad no se  lograría ni con la sumatoria de los participantes en todas las marchas llevadas a cabo en nuestro país, en la última década.
Ese fenómeno social de casi media Bogotá volcada en las calles, se logró muchos años antes de que una selección de nuestros ciclistas fuera al continente europeo. En otras palabras, la afluencia de público obedecía a la importancia que dábamos a nuestra propia fiesta, una fiesta criolla, una fiesta deportiva que sólo en algunas ocasiones contó  con invitados diferentes a nuestros  ciclistas: el mensajero de droguería o el campesino del agro. Y no es que nuestro ciclismo  hubiese sido muy técnico o espectacular; no! Era normalito, quizás como lo sigue siendo ahora: sin extra terrestres ni cosas del más allá. Pero era nuestro, autóctono, y generaba aquella frase que tan de moda se ha puesto pero que pocos parecen saber qué significa: sentido de pertenencia.

Prueba de que no es imprescindible ganar en Europa es que, en el caso del fútbol, jamás se ha ganado nada allí y sin embargo sigue siendo un “espectáculo” de multitudes porque recibe un apoyo descomunal  de los canales privados de televisión.

¿Por qué razón salía tanta gente a las calles? La respuesta, creemos, es obvia. Porque había difusión y carencia de otras formas de distracción. Pero, aún existiendo ahora mil formas que distraen la atención del aficionado, es indiscutible que existiendo una auténtica y responsable difusión del ciclismo, podríamos en un futuro cercano contar con la respuesta multitudinaria de los aficionados que tanto se extraña en los tiempos actuales. Para eso quizás sirva recordar que La Vuelta era transmitida por las tres cadenas radiales más importantes del país  cada una de ellas con dos o tres carros de prensa y dos motocicletas, además del infaltable aporte de la prensa escrita que asistía a las carreras y no se limitaba a  “copiar y pegar” porque, por fortuna, esa modalidad era imposible en aquellos años. Y la televisión, precaria y en blanco y negro, algo intentó,  haciendo su aporte al llevar a los televidentes momentos dignos de recordar, indudablemente  mucho más ejemplarizantes que los que pueden esperarse de una programación degradante como la actual. En fin, eran distintas las condiciones, pero sólo eso, las condiciones. El talento deportivo siempre ha existido, el esfuerzo físico es similar y las montañas, aunque más erosionadas, son las mismas de siempre. Infortunadamente, aunque cada mandatario de turno se jacta  al mencionar las cifras que revelan un marcado crecimiento de la economía, al momento de pedir el imprescindible  apoyo de  las empresas  pública o privada para rescatar un deporte  que fue secuestrado por el olvido,  la respuesta suena como un eco que retumba en los oídos de quienes  aún conservan la esperanza de lo  que parece  imposible: no tenemos presupuesto. Sólo faltaría ver si las  empresas estatal y  privada esperan resultados para animarse a invertir o esperan invertir para obtener resultados. En ese dilema de qué fue primero, si el huevo o la gallina, están  pasando los años y seguimos como haciendo rodillos: mucho esfuerzo, pero en el mismo sitio.