Formato Siglo 21, fríamente calculado. Imprimir




Por Hernán Payome Villoria



Formato Siglo 21, fríamente calculado.

Ha partido la etapa. La hoja de ruta indica que serán 234 kilómetros con dos premios de montaña de primera categoría; uno en el km 118 y el otro, con rampas de hasta el 16%, en el punto de llegada. Tras el banderazo inicial se incrementa rápidamente el ritmo de carrera por los diferentes intentos de fuga. La velocidad en el lote es cercana a los 50 kilómetros por hora, y la de quienes quieren escaparse, de casi sesenta. Muchos intentos fracasan, hasta que por fin se conforma “la que es”: un lotecito de 11 corredores, la mayoría pertenecientes a equipos de segundo escalón que, comúnmente,  no van por la general. Tampoco está allí ninguno de los candidatos al triunfo final, así que sin mayor reparo se pondrá el sello indeleble de “Autorizado”. Estas son las llamadas “fugas permitidas”,  cuya calificación sólo logra subestimar el trabajo quijotesco de quienes se embarcan en semejante  aventura.


Todo se aquieta. El grupo grande vuelve a la calma.

Viene el diálogo informal, las sonrisas…, y los corredores se toman el ancho de la vía. La diferencia crece velozmente: un minuto, dos minutos y medio, catorce minutos. ¡Ya es suficiente! Suenan las alarmas en el lote y el ritmo aumenta. Hay que poner todo bajo control. La desventaja respecto de los fugados disminuye poco a poco hasta llevarla a un margen aún manejable: 6 minutos y medio. Los kilómetros transcurren lentamente, una tibia brisa se apodera de los corredores y un ambiente de sopor se adueña de la caravana y de los aficionados.

Comienza el ascenso al primer puerto; simultáneamente comienza la transmisión en directo por la TV internacional. Los ataques no se hacen esperar y el ruido del helicóptero sobre sus cabezas pone alas a los fugados. Sin embargo, por física inercia, el lote ha disminuido la diferencia a sólo 3 minutos, ventaja que logran sostener los escapados hasta las primeras rampas del último premio de montaña que se extenderá a lo largo de 16 extenuantes kilómetros. Los subalternos pasan a la proa del barco mientras los capos mantienen sigilosos una segunda posición. Adelante la fuga se ha desmoronado porque el cansancio ha invadido a ocho de sus integrantes, pero aún quedan tres con fe ciega en que pueden coronar con éxito. El fuerte paso de los coequiperos hace que el lote vaya atrapando con sus fauces a cada uno de los fugados. Sólo faltan cuatro kilómetros para la meta; han transcurrido ya 230, pero los líderes no se han tocado. Transcurridas veinte etapas de la Gran Vuelta, gracias al uso del GPS pudo comprobarse que sólo se han separado durante 132 kilómetros de los 3.327 que lleva la carrera: 61 en los finales de etapa y 71 en las dos contrarreloj. En los otros 3.195 kilómetros los ocho que disputan la general han estado juntos, como inseparables hermanos.

El ritmo en los últimos 3,5 kilómetros se incrementa ostensiblemente. Faltando sólo mil metros para el final se forma una extraña mezcla de capos de escuadra en busca del triunfo, con cenizas de una escapada que se prolongó por más de 200 kilómetros, y cuyos protagonistas jamás volverán a ser enfocados por las cámaras de televisión. Si te he visto no me acuerdo. El capo de equipo cruza victorioso la meta, levanta los brazos, y mira hacia el firmamento mientras se persigna ante una multitud de fotógrafos, periodistas y aficionados.

Esta imagen no es inherente al Giro de Italia, tampoco al Tour de Francia ni a la Vuelta a España. Es tan repetitiva que a cualquiera de ellas se ajustaría perfectamente. Ese es el ciclismo del siglo 21, aquel que para bien o para mal nos tocó vivir. En nada se parece al de los años cuarentas de Fausto Coppi, al de los sesentas de Eddy Merckx, ni al de finales de los setentas de Bernard Hinault. Y, con seguridad, en nada se parecerá al del siglo 22 pero, para entonces, quizás ya habremos muerto.

La tecnología no solamente ha invadido las grandes empresas ni la mayoría de los hogares; también invadió el deporte.

Es tanta la perfección en el ciclismo actual, que lo ha hecho imperfecto.

Con algún grado de nostalgia y gracias a las crónicas escritas en aquella época, recordamos la batalla campal que se vivió en la última etapa de la Vuelta a Colombia de 1962 en la que Martín Emilio “Cochise” Rodríguez perdió por 8 segundos ante Roberto “pajarito” Buitrago. “El leñero” comenzó desde Villeta, municipio situado a 80 kilómetros de la meta en el estadio Nemesio Camacho “EL Campín”. De esos 80 kilómetros, 37 eran en ascenso de primera categoría hasta el Alto de La Tribuna, cuatro más en descenso y cerca de 39  totalmente llanos hasta la meta. El país entero se paralizó. No hicieron falta las redes sociales, ni la internet, ni siquiera los mensajes de texto o la televisión. Bastó con una radio precaria pero inteligente, recursiva y ágil y con la autonomía de quienes iban montados sobre sus caballitos de acero. Otra historia, quizás de bostezos, se hubiese escrito si las órdenes de parar o atacar hubiesen sido emitidas a través de un pinganillo o controlando las acciones de los protagonistas mediante un frío y calculado análisis de los watts de potencia emanados del organismo del ciclista y monitoreados a distancia desde el carro acompañante.

En aquella oportunidad, como algo excepcional, la diferencia fue de sólo 8 segundos. Pero lo usual eran las ventajas amplias que no daban lugar a dudas, producto de un ciclismo aguerrido, espontáneo, autónomo y arriesgado.  Obviamente ejemplos habrá más, pero para la muestra un  botón.

Aún existen en la actualidad corredores que podrían parecer anacrónicos para nuestra época. Son aquellos que atacan, que no endosan su carrera, que se la juegan a muerte independientemente de cuál sea el resultado de su intento. Aquellos irreverentes que desafían un formato, que parten desde lejos, que arriesgan en los descensos y se animan a destruir de tajo las mal llamadas etapas de “transición”. No son muchos los que quedan; la verdad…, son muy pocos, pero todavía hay.

Ese es el ciclismo que se ha perdido y que sólo algunos intentan conservar.

Hemos llegado a un punto de tecnicismo tal, que un ciclista ya sabe, desde el momento en que desayuna y según sus “sensaciones”, cuánto tiempo va a ganar o perder en ese día.

No pretendemos con estas líneas decir qué es lo bueno o qué es lo malo. En la vida todo es cuestión de gustos y todo va de la mano con la época. Por eso hay quienes suelen afirmar que “los hijos no les pertenecen a sus padres sino a la época”, y el ciclismo está viviendo esta época en la que hasta para comerse un huevo deben conocerse nombre y apellido de la gallina que lo puso y con qué clase de maíz fue alimentada. ¡Así están las cosas!