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Bicicletas en un país descuadernado PDF Imprimir E-mail








Por: Hernán Payome Villoria


Definitivamente parece ser que el subcampeonato de Nairo Quintana en el Tour de Francia servirá para dar y convidar. No acaba de bajarse el muchacho de su bicicleta en los Campos Elíseos, cuando ya se está cocinando en las ollas del Congreso de la República la llamada Ley Nairo Quintana con la cual, se dice, buscarán que los campesinos de este maltratado país puedan tener fácil acceso a los centros educativos rurales, distantes y de difícil acceso. Todo ello inspirado en las dificultades que tuvo Nairo cuando estudiaba y debía desplazarse en su bicicleta para ir al colegio. Entonces, no solamente se donarían las bicicletas sino todos los aditamentos que puedan complementar su uso como, por ejemplo, cascos, herramienta, luces, etc. Así se desarrollarían las habilidades deportivas en un “medio amigable con la salud y el medio ambiente”.

Hasta ahí la idea no es mala. Es más, nos hace transportarnos a nuestra infancia para poder recordar los capítulos de “Lassie”, aquella Pastor Collie de lustroso pelaje, cuyo amo, Timmy, un niño de nueve años, se desplazaba diariamente a la escuela en su bonita bicicleta, después de haber saboreado un delicioso pastel de manzana preparado con todo el amor  por su señora madre.

Así suena muy lindo y enternecedor todo; nos brotan algunas lágrimas de nostalgia, y quisiéramos revivir y transfundir a nuestros niños y adolescentes todas aquellas imágenes que aún persisten en nuestro cerebro.

¡Pero Colombia es otro cuento!

Por eso es bueno preguntarles  a los honorables senadores si ya se tiene un censo actualizado de las escuelas que existen en el país, de todas aquellas que faltan, de la población estudiantil actual y potencial, y de las necesidades primarias de la población rural. Porque, no se necesita de videntes  ni de experimentados mentalistas, para comprender que la violencia que azota al país desde hace más de setenta años, ha generado un desplazamiento a los grandes centros urbanos, desplazamiento que no se detiene y que está dejando despoblados los campos, careciendo éstos de las condiciones mínimas que se requiere para subsistir y sobresalir: vale decir, fuentes de empleo, centros de salud, suministro de agua potable, centros educativos, vías de acceso, centros de acopio, etc., y mil temas más que se alejan de nuestro eje central que es Sólo Ciclismo.

Entonces, pensar en que donando miles de bicicletas se tendrá acceso a la educación y sobrevendrán como arte de magia futuros campeones de Tour de Francia es poco más que soñador. Primero lo primero; primero mi primaria.

Antes que cualquier cosa, debe hacerse un censo en donde se establezca cuáles de las paredes que lograron quedar en pie aún sirven para reconstruir una escuela;  cuáles de los maestros o profesores aún permanecen y cuántos más harían falta. Porque como decía alguno de los apartes de La vendedora de rosas, ¿para qué zapatos si no hay casa?

La idea en sí no es mala; es más, en otras circunstancias sería plausible. Pero en el actual momento resulta poco más que improvisada y oportunista pues no se puede trapear sin haber barrido, y no puede construirse ni desarrollarse un proyecto de esta magnitud sin haber resuelto primero necesidades básicas y prioritarias en un país que ha quedado literalmente descuadernado y que necesita, para salir adelante, mucho más que deportistas tipo Tour. Lo que se necesita en Colombia es  EDUCACIÓN y TRABAJO, y si no se invierte en ello, seguiremos viviendo de milagro, y de eso no se trata!