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Portada Editorial El difícil arte de triunfar

      

El difícil arte de triunfar PDF Imprimir E-mail









Por:  Hernán Payome Villoria

El reciente Sub campeonato de Nairo Quintana en el Tour de Francia, ha logrado sacar de las cenizas un deporte que parecía no tener derecho a la resurrección. Este logro, sumado a lo conseguido por Rigoberto Urán en los Juegos Olímpicos de Inglaterra 2012 y en el Giro de Italia 2013, además de otras buenas actuaciones de los ciclistas colombianos, ha conseguido despertar a una afición dormida, desengañada, escéptica y apática.

Lo que de momento es interpretado como uno de los mayores triunfos a nivel deportivo en nuestro país, quizás sea el nuevo umbral que establecerán los aficionados para poder satisfacer sus necesidades como simples espectadores. Haber sido segundo en un Tour de Francia, probablemente y de manera injusta, puede quitar brillo a parte del historial ciclístico y deportivo de Colombia.

Y es la historia misma la que se ha encargado de descifrar la idiosincrasia de los colombianos quienes, con un espíritu tropical y emotivo, logramos estados delirantes con la suerte a favor, o entramos en profunda depresión cuando ésta no está de nuestro lado. Basta con recordar las consecuencias funestas que dejó para el país el  5-0 contra Argentina, hace 20 años, cuando se cumplían las eliminatorias para la Copa Mundo del ´94:  ¡más de setenta muertos! ¡Afortunadamente no perdimos!

Esa misma emotividad y falta de cordura son  las que dejan muertos o heridos de las barras bravas, en cada clásico futbolero. Barras bravas que también tuvo el ciclismo, y que pocos recuerdan, cuando se atacaba a piedra a ciclistas o aficionados de departamentos deportivamente rivales.

Infortunadamente nuestra cultura y tropicalismo, hacen que pierdan mesura las celebraciones cuando se gana, o se llegue a estados de frustración cuando se pierde.

Quizás ese mismo triunfalismo fue el que hizo que, una vez conocimos el Viejo Mundo con la recordada victoria de Alfonso Flórez en el Tour de L´ Avenir, comenzaran a pasar a segundo plano las carreras regionales. Sólo la Vuelta a Colombia y el Clásico RCN lograron mantener su nivel, por ese entonces, gracias  a que figuras como Fabio Parra, Luis Herrera y demás aventureros, regresaban a nuestro territorio y, aún siendo parte de equipos criollos, no sólo corrían  sino ganaban. Pero la mente del aficionado, al igual que la de nuestros ciclistas, ya estaba atravesando inconscientemente el Atlántico. Y esa distancia con el mundo europeo poco a poco fue haciéndose más estrecha, en la medida que los grandes desarrollos tecnológicos se encargaron de acortarla. La internet y la televisión por cable permitieron al aficionado conocer y entender un deporte, privilegio que hasta aquellos días sólo pertenecía a unos pocos.

En la mente de los fanáticos habían quedado de manera imborrable las imágenes de Luis Herrera ganando la Vuelta a España, y de Fabio Parra siendo tercero en el Tour de Francia. Fueron momentos que levantaron las banderas y reavivaron el “júbilo inmortal”. Luego vendría el cuarto lugar de Álvaro Mejía en el Tour de 1993 y el de Santiago Botero de 2002, pero no fue igual. El público quería más. Ya habíamos sido terceros en un Tour; ser cuarto no era lo mismo. Lo que en otra época de nuestra historia hubiese sido para celebrar con bombos y platillos, sólo era causa de una discreta celebración.

Colombia cada vez se vuelve más exigente con sus deportistas, particularmente con los ciclistas, y puede llegarse al éxtasis si se gana, o a la total indiferencia si se pierde. Bastará con que Nairo Quintana, Rigoberto Urán, o cualquiera de las figuras de actualidad tenga un día gris, un retiro, un mal desempeño, para que inmediatamente  se dé la orden de apagar la olla del sancocho, romper las hojas del discurso proselitista, devolver el carro de bomberos, cancelar la banda papayera, sacar la excusa perfecta para no estar en el aeropuerto, etc. Pero de todo ello saldrá algo bueno: por fin dejarán en paz a las madres de estos deportistas, mujeres a quienes los grandes medios de la información no hubiesen siquiera saludado en otras circunstancias, pero que ahora abordan de manera  intempestiva, casi irrespetuosa, irrumpiendo en la tranquilidad de unos hogares de los que hasta hace un mes no tenían ni idea que existían. Entonces, ya no importará preguntar a las abnegadas madres, qué le daba de comer  al  Campeón cuando era “chiquito”, si a éste le gustaba el agua de panela o no, si era buen hijo o no, buen estudiante o no, en un oportunismo y amarillismo mediático que sólo refleja una vez más nuestra idiosincrasia. Toda esa energía física y económica deberían invertirla en el desplazamiento de personal periodístico idóneo para que esté al lado de nuestros deportistas, evitando así que la prensa internacional sea la que tenga que informar al pueblo colombiano. ¡Eso es  más que vergonzoso!

En este mismo instante en el que usted lee estas líneas, con seguridad estará uno de nuestros futuros “héroes”, implorando un patrocinio, rogando por un tubular o desplazándose a pie o en su modesta bicicleta veinte kilómetros para poder llegar al colegio; y lo hace así no porque esté pensando en que algún día correrá el Tour de Francia, sino porque jamás tuvo un colegio cerca a su casa, ni un medio de transporte que le facilitara las cosas. Pero con toda seguridad, no faltará el ministro inteligente que sostenga que construir más centros educativos sería poner en inminente riesgo el futuro ciclístico de nuestra querida patria.

Infortunadamente en Colombia se entiende el deporte como el conducto regular para sacar héroes de las entrañas de la tierra, pero jamás como un mecanismo de formación de una sociedad en la que el individuo pueda tener acceso a todas y cada una de las disciplinas deportivas como parte de un proceso integral que lo convierta en un ciudadano de bien. Por eso algunos de esos triunfos, más que ser parte de una sociedad que se construye, son resultado de una sociedad que jamás brindó oportunidades y en la que nuestros deportistas y posteriormente héroes, surgen más por la necesidad, por el azar, y no por un verdadero y auténtico programa estatal en donde deportistas sean todos, y los triunfos sobrevengan como un resultado normal, como quizás lo es en Europa o Norteamérica, y no como algo excepcional, fantasmagórico, accidental,  que logra descomponer una sociedad hasta llevarla a momentos de éxtasis, acompañados por discursos politiqueros, y de promesas que JAMÁS se cumplen y que sólo logran subestimar la inteligencia de quienes las escuchan.

Tarde o temprano llegará el olvido, y con él, mucho tiempo después, tal vez  una nueva ilusión que nos permita gritar a todos otra vez, con imperdonable ingenuidad: “¡Colombia, ahí está tu hijo… hijo de tus entrañas…,  ay, qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano!”.