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Lance Armstrong, en el ojo del huracán. Foto Jecima


El caso de Lance Armstrong, reavivado en la hoguera en los últimos tres días, parece no poner punto final a las especulaciones y al drama, argumento óptimo para una novela de Alfred Hitchcok o para una producción cinematográfica de la Metro Goldwyn-Mayer que, sin duda alguna, ya estará haciendo contactos con actores que puedan desempeñar el papel protagónico.

En la historia universal del deporte jamás un caso había sido tan renombrado y tenido tantas aristas como el del  norteamericano ganador de siete Tour de Francia, entre otras múltiples carreras. Lo único cierto es que cualquiera que sea el veredicto, jamás habrá justicia. Y no habrá justicia porque, si es culpable, podrán retirarle los títulos y los premios, pero nadie podrá quitarle lo vivido en un mundo de fantasía y de trampa. Y doblemente injusto sería para quienes, jugando limpio, no pudieron acceder a los honores que otorgan el triunfo o el podio.

Pero, si es inocente, jamás podrá recuperar su imagen, aquella que las agencias de dopaje y la prensa mundial han vuelto añicos.

Sólo él… sí, quizás sólo él, sepa a conciencia qué sucedió.

Porque en muchas ocasiones la verdad absoluta suele aparecer cuando ya poco o nada importa. Tal vez se descubra dentro de algunos años que las drogas que utilizó para combatir el cáncer hicieron interacción medicamentosa, convirtiéndose el fenómeno en la producción de algo que para el ciclista resulta como las espinacas para Popeye. Quizás se descubra que él simplemente fue un eslabón más de una cadena de tráfico y consumo de sustancias dopantes que usó sus triunfos como el mejor mecanismo publicitario. Tal vez se diga que lo que le generaba tanto rendimiento deportivo era un químico que se usaba como colorante en los chicles que él mascaba nervioso antes de cada carrera. Bueno, realmente no sé si él mascaba chicle, pero todo puede suceder.

También puede descubrirse que simplemente fue un chivo expiatorio utilizado por las agencias contra el dopaje para justificar su trabajo y enormes honorarios. Quizás se descubra que toda esta película fue maquiavélicamente diseñada por los enemigos del deporte y, particularmente, del ciclismo.

Y dentro de los mil argumentos que puedan exponerse en casos como éste, quizás debamos recurrir a la conocida y sabia frase que dice: “por más que yo dope un burro jamás ganaré un derby”. Y al corredor norteamericano, independientemente de las sentencias, deben reconocérsele su capacidad de liderazgo, la valentía que demostró en su lucha contra un cáncer de testículo que hizo metástasis a cerebro y pulmón, sus ansias de triunfo en cuanta carrera se inscribió, no solamente como ciclista sino como nadador, atleta y triatleta; el dominio que siempre demostró sobre la bicicleta y la manera como enfrentó y resolvió momentos apremiantes. Todos esos factores no pueden echarse en saco roto. Muchos de sus rivales no hubiesen podido derrotarle corriendo de tú a tú, y por eso cuenta con el apoyo y el respeto de un gran porcentaje de ciclistas del pelotón internacional aunque, por razones obvias, muchos preferirán permanecer callados y no seguir echándole leña al fuego.

Una vez más queda claro que en lo relacionado con Lance Armstrong, hasta el momento, nadie tiene la verdad absoluta, ni siquiera aquellos que deberían tenerla.

Sin duda alguna, seguirán tejiéndose miles de versiones sobre el tema, unas justas, otras no, y unas más cercanas a la realidad que otras. Y mientras tanto, seguirá el consumo solapado de dopantes en todas las disciplinas deportivas y en todos los niveles.

Y si el deporte de alta competencia es el más afectado, tristemente debe decirse que el deporte recreativo no escapa a este flagelo por dos circunstancias: desconocimiento, que equivale a decir ignorancia, y ausencia absoluta de controles anti dopaje. Y cada quien lo hace según su nivel, capacidad adquisitiva y “relaciones”. Por eso la cadena descendente va desde el EPO Cera hasta las anfetaminas que ya pasan de moda. Y pocos serán aquellos que se atrevan a lanzar la primera piedra, libres de toda culpa. Pero si resulta execrable el hecho de que una figura pública sea descubierta consumiendo sustancias dopantes, mucho más execrable es el hecho de que algunos padres de familia sean los encargados de dopar a sus propios hijos al reconocer que “limpios” jamás ganarían nada o, simplemente, éste sea el camino más corto para conseguir un patrocinador o un cupo en un equipo. Esto, en todas las disciplinas deportivas existentes sobre la faz de la tierra.

A veces los muchachos no preguntan ¿cómo entreno? sino ¿qué me tomo?

El consumo y distribución de sustancias dopantes tiene el mismo esquema del de otras sustancias, pero a menor nivel, afortunadamente.  Y en el consumo, distribución y control, dos y dos no son cuatro. Así que mientras exista la humanidad existirán y se consumirán de las unas y de las otras, porque siempre habrá una excusa para hacerlo, y a veces las excusas, por no decir siempre, pesan más que la razón.

A quienes amamos el deporte limpio y aún creemos que una carrera puede ganarse con bocadillo y agua de panela, sólo nos queda cumplir con lo que nos dicte la conciencia e inculcarlo en nuestros seres queridos. Lo demás es simplemente tinta que se opaca con el sol.