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El Tour necesita un Giro PDF Imprimir E-mail

Hernán Payome Villoria

Director


Años atrás, cuando se hablaba del Tour de Francia, la gente se ponía de pie y se quitaba el sombrero. Hoy, infortunadamente, sólo el emporio económico que lo maneja logra mantenerlo como la mejor competencia ciclística de tres semanas. Pero las cosas han cambiado.

La carrera conocida como La Grand Bouclé, año tras año va tornándose más monótona por no decir que aburrida. El recorrido de las etapas, lo predecible que suelen ser los resultados y la inocultable falta de batalla en algunos de los participantes, son los nefastos ingredientes que quisiéramos eliminar de la receta.

Es indudable que a la edición 99 del Tour le hicieron falta corredores de la talla de Alberto Contador y Andy Schleck; corredores que atacan, arriesgan y definen. Si algo caracterizó la versión de 2012 fue la pasividad como se afrontó la competencia, con algunos tímidos e infructuosos ataques de Vincenzo Nibali, el único de los invitados que al menos intentó poner en calzas prietas a un inamovible Bradley Wiggins quien, sin gastar más de lo debido, supo aprovechar al máximo a su lugarteniente número uno, Christopher Froome, quien por momentos quiso rebelarse, por exceso de fuerzas o por ganas de protagonismo. Sólo corredores del perfil de Voeckler, Sagan, Van Garderen, Pinot, Luis León Sánchez, Morkov, Chris Sorensen, Chavanel, Devenyns, Kessiakoff, Vinokourov, por citar algunos, lograron con su emotividad y coraje despertar al aficionado,  aunque no estuvieran precisamente en busca del anhelado podio. Ese ciclismo parsimonioso, de fugas “permitidas” o de etapas de “transición” es algo que deberá desaparecer, antes de que quienes desaparezcan sean los espectadores. No hay nada peor para la dignidad de un deportista que saber que ganó, sólo porque así lo quisieron sus rivales. Claro que con euros de por medio, muchos dejarán a un lado la palabra dignidad.

Pero si la parte humana falla en la carrera, también falla en el trazado del recorrido que hace que las etapas de su primera mitad se tornen aburridas, con un único e inmodificable parlamento de un grupo en fuga desde los primeros kilómetros, tranquilidad absoluta ciento cincuenta kilómetros más y cacería inminente muy cerca de la raya de sentencia. Es factible pensar que resultaría igual ver seis horas de carrera, que ver el último cuarto de hora. Se entiende que es parte de la estrategia de la organización para permitir la exhibición de corredores y marcas que después desaparecerán cuando venga la montaña. De ser así, valdría la pena reflexionar si se justifican recorridos tan extensos durante veinte días, o lo indicado sería etapas más cortas, más emotivas, menos predecibles y un Tour que no exceda los quince días de duración. Eso nunca será así, porque el negocio no sería igualmente rentable.
No obstante, cuando se quiere hacer las cosas bien, se hacen. Prueba de ello es el Giro de Italia, carrera que, sin contar con tantos pergaminos como el Tour, no solamente es la más romántica de las tres, sino que es la más combativa, la más emotiva, la del trazado más difícil, y la de las condiciones climáticas más adversas. Por esta razón, el mayor milagro que puede sucederle al Tour, es parecerse un poco al Giro.

Deberá hacerse claridad, en el llamado “código de ética”,  si las caídas, pinchazos, salidas de carretera e inasistencia mecánica hacen parte de la competencia, o deben hacerse “pactos de no agresión” cada vez que uno de los favoritos tenga el más ligero inconveniente. Lo que para algunos puede ser un acto de caballerosidad y juego limpio, para otros simplemente es acabar de matar lo poco que queda de espectáculo.

Infortunadamente desde la época de Lance Armstrong, nos acostumbramos a un ciclismo pasivo, medido, calculado, excesivamente táctico, milimétricamente técnico, carente de emociones, nada espontáneo, fotocopiado, con equipos de un poder económico que les permite contratar a las mejores figuras del globo terráqueo en función y a disposición de un solo jefe de filas, dejando descuadernados a los demás conjuntos que deben limitarse a luchar por  lo que los grandes han dejado: las moronas. Entre más integrantes tenga un equipo, siempre será mayor la diferencia con los más débiles; por esta sencilla razón los equipos, en todas las carreras del mundo, incluyendo la Vuelta a Colombia, deberían ser de un máximo de seis corredores para equilibrar un poco las fuerzas.

Estamos adictos a un ciclismo donde ni siquiera la alta montaña juega un papel definitorio. Las estadísticas demuestran que el Tour de Francia ha sido ganado durante muchos años por corredores que van bien en la montaña sin ser los mejores escaladores, pero que hacen una brillante contrarreloj. Por eso, si como colombianos seguimos soñando con regresar algún día al Tour, es necesario tomar conciencia de que el calificativo  de “escarabajos” debe pasar a ser tan sólo una romántica anécdota, y que si no se trabaja en la preparación de ciclistas con perfil europeo para defenderse con honores en las etapas a cronómetro, no podremos acceder a nada en el Tour; ni siquiera a la montaña, porque los europeos y norteamericanos aprendieron a subir y ya no se dejarán impresionar de los otrora “lucho” o Fabio. Esa es una página leída que debemos conservar simplemente como historia, pero que no debe seguir siendo alimento de falsas expectativas en torno al futuro del ciclismo criollo. La razón es simple: es mucho más fácil aprender a subir, que aprender cómo se hace una contrarreloj. Y en un ciclismo universal tan equilibrado, sólo las etapas a cronómetro seguirán marcando las diferencias; es evidente que en la alta montaña ya no pasa nada del otro mundo.

En conclusión, ha terminado la edición 99 del Tour de Francia con un sabor agridulce, dejando para sus organizadores un gigantesco reto ante la afición mundial que seguramente estará ansiosa y expectante por ver algo extrasensorial en el Tour número 100 que se disputará en 2013. ¡Ojalá así sea!