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En el Mortirolo los árboles no dejaron ver el bosque PDF Imprimir E-mail
Escrito por Hernán Payome Villoria   



En el Mortirolo los árboles no dejan ver el bosque


Relatos de dos periodistas colombianos en las montañas de Europa.

Por Hernán Payome Villoria

Tras haber subido el Grossglockner y el Stelvio, los días se tornaron grises, lluviosos y no se descartaba una tormenta de nieve. Sin embargo, aquel miércoles 26 de septiembre, después de las dos de la tarde, mejoró un poco el clima y  nos animamos a subir al Mortirolo que estaba programado para el domingo 30.

La determinación obedeció a querer asegurarnos de subir este alto, pues era uno de nuestros mayores objetivos. Así que, con un renovado entusiasmo, sacamos nuevamente las bicicletas, y en medio de una inevitable llovizna  nos dirigimos hacia  Mazzo de Valtellina, punto de inicio del mítico puerto. Para llegar allí, tuvimos que recorrer cerca de 20 km, los cuales en su mayoría se hacen a través de un túnel de impresionante ingeniería. Al llegar allí  había cesado la llovizna, pero la temperatura era de sólo cinco grados. A las 3 y 10 de la tarde comenzamos el ascenso con una gran expectativa pues del Mortirolo se oye hablar frecuentemente en el Giro de Italia, y sabemos de su trascendencia en la definición de esta  gran carrera, considerada como la segunda del mundo en cuanto a pruebas  por etapas se refiere, después del Tour de Francia.  

De  igual forma, el Mortirolo es considerado uno de los ascensos más difíciles a nivel mundial, compartiendo honores con el monte Zoncolán en  Italia y el Angliru en España.

Hemos querido, en esta aventura, no tener mayores conocimientos del recorrido, para no perder la expectativa cuando vayamos ascendiendo. Por esta razón no quisimos conocer sus rampas en vehículo sino, enfrentarlas  “a la de Dios“  para ver qué pasaba, si podíamos lograrlo o no.



La hojarasca tendida en el piso es el principal obstáculo


Al llegar a Mazzo de Valtelina, tomamos una variante a la izquierda que nos conduce en menos de cien metros al inicio de la subida, que nos recibe con una primera rampa del 14%,  como para amansarnos y  despojarnos  inmediatamente de los bríos y el entusiasmo con los que llegamos. Luego viene la primera curva a la izquierda que nos deja casi estáticos y nos hace pensar en  el embrollo en el que nos habíamos metido.  La subida está demarcada  por árboles a diestra y siniestra, humedad, frío, bastante frío, y una hojarasca otoñal tendida en el pavimento que, al mezclarse con la lluvia, se convierte en un verdadero jabón que hace deslizar todo tipo de llantas, tanto las de las bicicletas como las de los vehículos. Esta circunstancia nos obliga  a subir sentados en la mayor parte del recorrido, particularmente  al inicio, pues era la única forma de no patinar y caer al piso. Al subir sentados haciendo mucha fuerza en cada pedalazo, todo el peso del cuerpo se va hacia atrás y esto ocasiona que, por milésimas de segundo, la rueda delantera se levante y pierda contacto con el piso, lo que aumenta la inestabilidad de las bicicletas y de quienes vamos sobre ellas.



Homenaje al "pirata" Marco Pantani en el ascenso al Mortirolo


"Querido Marco: te habíamos

abandonado como a un perro.

Hoy un perro ha venido a

traerte un ramo de flores".



Entonces lo duro del ascenso se complica porque no pensábamos en la dificultad geográfica sino,  en la estabilidad  de nuestras bicicletas. En más de una oportunidad estuvimos a punto de  resbalar y caer.  La estrechez del camino (realmente no es carretera) es tal, que para que nos  pudiese adelantar la camioneta acompañante, debíamos indicarle cuándo teníamos seguridad de no resbalar, orillarnos y pedalear sobre la línea blanca y permitir su paso, sintiendo la carrocería del vehículo casi rozar nuestra chaqueta.  Con base en esto, podemos concluir que el ancho de  la vía podía  oscilar entre dos y dos y medio metros solamente.  En el km 3,5 recibimos la primera sorpresa: una rampa del 21% que hizo subir las pulsaciones a 180.  Superada la rampa sentimos descanso al  ser recibidos por otra de sólo el 19%.   Fue allí cuando  recordé las  rampas del alto de La Línea  en Colombia que, según los entendidos, son del 14% en promedio.



Una tarde de otoño en el Mortirolo



En cuanto a la alimentación en carretera no habría mucho  por comentar: se “pudo“ consumir  un sobre de gel energético y cerca de 750 ml de agua. La verdad, la cuesta no da mucha oportunidad de soltar el manubrio o de digerir cosa diferente. Si se pierde la concentración  se termina  en el piso.  Durante el ascenso quise observar  hacia abajo para tener el incentivo de ver lo subido, pero nunca pude, siempre había árboles que me impedían ver la curva de abajo. Para comunicarme con mi hermano quien me seguía seguramente un minuto atrás, tenía que gritar y escuchar su contestación, pues cualquiera de los dos  podría caer sin ser observado por el otro. Afortunadamente no fue así.



El Mortirolo, uno de los puertos más duros de Europa



La subida al Mortirolo es dura, cruel, inhumana si se quiere, demoledora, devastadora, aniquilante…,en verano, pero como nos tocó,  es peor.   Promediando el  km 9 viene un pequeño “descanso“,  las rampas son del 13 % y luego hay un trayecto para respirar, que es del 9%. Luego vuelve a inclinarse el terreno.  En el último km el camino es sinuoso pero más suave, se puede aumentar el ritmo, ya no hay hojas durmiendo en el piso, el pavimento es seco aunque hay nieve a lado y lado.  Se recuerda allí un final de etapa en el Giro, y uno cree ser un Iván Basso o un Gilberto Simoni,  pero despertamos a la realidad cuando comprobamos que no está allí la RAI (tv italiana), ni público a la vera del camino.  Solamente nos espera una inmensa soledad en la cual se escucha caer las gotas de lluvia  sobre el pavimento. La sensación es indescriptible, la  emoción inenarrable y la alegría, INFINITA.



A 1 km del premio de montaña



Comentarios informales:
La región de Bormio, según la describí hace un par de días, es fría y pasiva. Al menos esa fue la primera impresión que tuve, pero en este caso la primera impresión no es la que cuenta. La verdad,  el comercio  se hace a “puerta cerrada“  por el frío que hace permanentemente en esta época del año; pero la ciudad se mueve, hay bastante comercio, restaurantes lujosos, bares, pizzerías, piscinas, baños sauna, etc. Y para los fieles creyentes, puede encontrarse una iglesia  cada 500 metros en toda la región, incluso algunas que datan  del siglo cuarto de nuestra era. En la temporada invernal es la  zona predilecta   para quienes practican el  esquí, así que  es cuando la ciudad  “hace  su agosto“ por la gran cantidad de dinero que se mueve con la presencia de los deportistas.

Alimentación:
En cuanto a la alimentación, hemos  tratado  de no cometer errores  pues no es  nada fácil conseguir lo que habitualmente consumimos en nuestro país y a lo que estamos acostumbrados.  Un café oscuro  de los de Italia te puede desvelar cuatro noches seguidas, el chocolate que te dan permite que una cuchara se pare en él mientras se enfría. Y si vas a una pizzería  te sale  pomodoro (tomate) hasta en la cuenta. Hace rato no vemos un huevo duro y creo que jamás  veremos una tajada de plátano frito. Pero lo que sí  podemos comer  a diario  es pasta como spaguettis, ravioli, trufie, pizza, fusilli, etc.  En todas sus presentaciones siempre es   riquísima, mama mia !!!
En carretera la cosa es  menos complicada porque no  varía mucho la dieta: ésta se reduce a agua (fundamental e irremplazable), geles  energizantes (130 kilocalorías por sobre de 41g) y banano, como menú básico.


Los acompañantes:


Para toda aventura ciclística es bueno contar con acompañantes que se encarguen de conseguir las  cosas que a diario pueden requerirse,  conducir  cientos y cientos de kilómetros,  entregar la alimentación en carretera sin equivocaciones, animar a los pedalistas, entre muchas otras de sus funciones. Pues bien, ante la inexorable reducción de personal que se ve en todas las empresas, hay que contar con la  efectividad de  los “empleados“. Por  eso  le hemos pedido el favor de acompañarnos a  Nelson Rojas, quien haciendo uso de sus capacidades,  lleva a cabo éstas y mil funciones más, aunque hay circunstancias  en las que el arduo trabajo  hace que deba combatir el stréss  realizando  pruebas de malabarismo en los momentos de ocio o de breves descansos. Nelson nació en Bogotá,  pero desde hace  veinte años vive en  Múnich (Alemania) ciudad en la que estudió Ingeniería de Producción  y en la que conformó  un hogar  integrado además por su esposa Julie y su pequeño de seis años, Philipp.