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Esos benditos trancones… PDF Imprimir E-mail
Escrito por Hernán Payome Villoria - Director   

Hernán Payome Villoria

Director


El muchacho llevaba un rostro pálido, su piel brillaba bajo un barro reseco por el sol y su mirada se perdía en una interminable subida. Era uno de los últimos de la competencia y luchaba por no llegar fuera del límite de clasificación. Viéndolo de cerca, parecía un auténtico Quijote montado en un Rocinante de acero.

A un lado del camino, como gigante molino de viento, se agolpaba una multitud que le gritaba: “muévase pues”, “vago”, “apúrese que tenemos afán”. Miles de improperios retumbaban en los oídos de este humilde ciclista sin que él pudiese entender el porqué se descargaba tanta ira en su contra.

No es nada raro observar escenas como ésta cada vez que pasa una carrera de ciclistas. Ya no son los tiempos de antes en que nuestros corredores eran vistos como héroes. Ahora Colombia es otro país que, simplemente, sigue ocupando el mismo territorio.

Infortunadamente la explosión demográfica y el desplazamiento hacia los grandes centros urbanos hacen que ya no haya cama pa´ tanta gente. La incontrolada venta de vehículos automotores y la precaria malla vial nacional generan a diario inhumanos trancones a los cuales la población no termina por acostumbrarse (resignarse). Parecería cosa de locos querer agregarle una carrera de ciclismo al caos ya existente, pero las cosas no pueden analizarse tan superficialmente como para echarle toda el agua sucia a quienes ninguna culpa tienen en este asunto: los ciclistas.

Ante todo, debemos recordar que administraciones anteriores acabaron de manera rampante con el tren que atravesaba nuestras cordilleras, llenando en cuestión de segundos las carreteras nacionales con tracto-mulas, camiones, volquetas y transporte intermunicipal. Carreteras que se han quedado –según los expertos- más de cuarenta años atrás, sumidas en un auténtico subdesarrollo. Nuestro país sólo cuenta con carreteras “principales”; carece en absoluto de autopistas y carreteras nacionales alternas. Por eso cuando hay un derrumbe en La Línea hay que darle media vuelta al país para llegar a Bogotá. Cuando se cae un puente en la vía al Llano, debe recorrerse toda la ruta libertadora para llegar a alguna parte. Colombia en materia de vías quedó en el pasado.

Pero, a pesar de toda excusa, resulta entendible que una persona común y corriente, quien a diario vive el eterno trancón capitalino, haga explotar sus emociones cuando al intentar salir de su ciudad se encuentra con un descomunal trancón del que muy seguramente nadie le advirtió.

En situaciones como ésta, el ciudadano no tiene la más mínima culpa; pero tampoco la tiene el ciclista. Eso es lo primero que debe entenderse!

Hay que actuar haciendo uso de la mayor sensatez posible: entendiendo unos, que no pueden bloquearse dos o tres vías principales el mismo día y mucho menos si no se hizo una completa y eficiente advertencia y difusión a través de los medios y, entendiendo otros, que el ciclista es un profesional en su oficio, que su pantaloneta y camiseta son su uniforme, la bicicleta su herramienta y las carreteras su oficina.

Si seguimos a este ritmo, sólo estaremos dando pie para que el día menos esperado (y deseado) algún “genio” proponga una ley que impida por siempre la realización de competencias de ciclismo en las carreteras nacionales.

Todos, absolutamente todos, debemos entender que hay que compartir lo poco que se tiene, sin matarnos, sin ofendernos, sin lanzar afrentas contra nadie, mucho menos contra un deportista que va con la ilusión de alcanzar una meta y que no merece que se le digan cosas diferentes a la palabra ánimo!