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Hernán Payome Villoria

Director



Jamás volveremos al Tour

A veces, como  aficionados al ciclismo, nos preguntamos cuándo volverá un equipo colombiano a participar en un Tour de Francia. Y son muchas las respuestas, unas fundamentadas, otras no; unas sinceras, otras no tanto.

Lo que no hemos logrado entender es que las cosas no caen del cielo ni  pueden obtenerse frutos de la nada. Todo en la vida tiene un porqué, un cuándo y un dónde. Y nuestro deporte, sea la disciplina que sea, anduvo, anda y seguirá andando a la deriva, viviendo de ilusiones pasajeras que sólo sirven para un lamentable consuelo.

Sobra decir que mientras nuestros gobernantes sean los mismos, nuestros dirigentes deportivos sean los mismos y los medios de comunicación sean los mismos, no volveremos al Tour de Francia jamás. Pero eso, por ahora, es capítulo aparte.

Uno de los mayores inconvenientes es que las condiciones actuales no son las de los años ochentas, tiempo en que un equipo colombiano aficionado fue invitado al Tour de 1983. Eso, de hecho, fue una situación excepcional. Y Colombia, por aquella época, tenía a los mejores corredores del continente americano aún bajo la ruana, porque no éramos objeto de jugosos contratos como sí lo son ahora los mejores ciclistas que anualmente van germinando en nuestro país. Es el caso específico de Rigoberto Urán, Mauricio Soler, Mauricio Ardila, Leonardo Duque, Fabio Duarte, Carlos Alberto Betancourt, Cayetano Sarmiento, José Serpa y próximamente Sergio Luis Henao, sólo para citar unos cuantos. ¿Entonces qué nos queda para conformar un equipo nacional?

¿Qué ciclista va a sacrificar la posibilidad de correr por un equipo europeo donde puede ganar, por ejemplo, 600 millones de pesos al año que,  sumados a toda la experiencia y conocimientos adquiridos allí, se convierten en algo invaluable, a cambio de quedarse en Colombia a ganar mucho menos del 10% de esa cifra? ¿Dónde está la talanquera que impida que haya esa incontrolable migración de ciclistas, futbolistas, beisbolistas y demás deportistas?

Es más; el concepto de selección nacional ya es cosa del pasado. Pocos equipos de ciclismo a nivel mundial, por no decir que ninguno, son tradicionalmente criollos o pertenecientes a una sola nacionalidad. Quizás una de las pocas excepciones sea el Euskaltel Euskadi que cuenta con corredores pertenecientes, en su mayoría, al País Vasco pero, incluso, esta situación se da más por aspectos políticos que estrictamente deportivos. Actualmente  los equipos son mixtos porque requieren de lo mejor en cada especialidad para obtener el éxito. Los mejores escaladores, los mejores pasistas, los mejores contrarrelojeros, los mejores embaladores, etc. para lograr sobrevivir en un mundo que avanza a la velocidad de la luz y donde el nivel competitivo aumenta segundo a segundo. Y es muy difícil encontrar todo ello en una sola parte.

¿Dónde está ese aval económico que pide el sistema UCI Pro Tour como garantía a cualquier equipo que quiera pertenecer a su organización y por ende tenga intenciones de correr el Tour de Francia y cuente con la capacidad para mantener una nómina profesional de alto nivel que pueda defenderse en todas las carreras que el calendario UCI les exige? Hasta aquí la lista ya es negra, y eso que no hemos tocado el nivel preparatorio de nuestros deportistas que, casos aislados, permanece rezagado treinta o cuarenta años del nivel que se maneja en EE.UU., Asia y Europa.

¿Dónde está esa juventud llena de ganas por aprender una disciplina deportiva, practicarla y tomarla como su eje de vida?

¿Dónde están los medios de comunicación que promuevan la cultura del deporte o, por lo menos, promuevan  una vida sana, sin el mensaje subliminal que a diario transmiten a nuestros jóvenes de sicariato, narcotráfico y prostitución?

¿Dónde están esos gobernantes preocupados por poner en cintura a los medios de comunicación privados para que contribuyan en la recuperación de una juventud que va rumbo al abismo?

Para nadie es un secreto que Colombia ha entrado en un vuelo en barrena hacia el piso, sin que ninguna autoridad se haya preocupado por tal situación.

Entonces…, no nos digamos más mentiras. Aprendamos a decir la verdad y, sobretodo, aprendamos a escucharla.  Durante décadas hemos vivido anestesiados con los recuerdos del 4-4 contra Rusia; años después vivimos otra década con los recuerdos del 5-0 contra Argentina, así como ya llevamos un cuarto de siglo viviendo del  Dauphiné Liberé del ´84 y de La Vuelta a España del ´87. ¿Hasta cuándo?

Por eso, y como medida sana para el espíritu (asumiendo que tengamos espíritu) debemos olvidarnos de una vez por todas de ese cuento de hadas y reconocer nuestra realidad. Mirarnos al espejo y entender qué somos como país, qué somos como sociedad, qué somos como deportistas y, con base en ello, podremos descifrar nuestro rostro y nuestra esencia.

Pero no todo está perdido. No pretendemos con estas  líneas generar un suicidio colectivo; no!

Aún queda mucho por hacer; cosas más reales, menos imposibles, más tangibles.

¡Recuperar lo nuestro!

Recuperar las pequeñas y grandes competencias de nuestro país para rescatar la juventud. Una vez recuperada la juventud otra historia se escribirá. No puede seguir creyéndose que lo importante es La Vuelta y que, por ejemplo, las clásicas regionales pueden ser subestimadas. Esto obliga a que los grandes equipos de marca asistan a todas las Clásicas para que éstas no terminen siendo, literalmente hablando, competencias locales de los mismos contra los mismos. Igualmente obliga a los medios a hacer el respectivo cubrimiento. En las Clásicas y carreras locales no se ven periodistas y,  en La Vuelta,  aparecen credenciales por todo lado.

La pasada Vuelta a Colombia y el presente Tour de Francia quizás sirvan para establecer comparaciones odiosas pero indispensables. Y, como espectadores, podemos ver que hay muchas cosas que aún debemos aprender en cuanto a organización, preparación, disciplina, puntualidad, etc. De los grandes se aprende, pero entre más pronto mucho mejor.

Pese al esfuerzo de algunas entidades públicas y/o privadas, y al invaluable apoyo de pequeños y grandes patrocinadores, nada parece justificar el  descomunal sacrificio al cual deben someterse  nuestros ciclistas. Un sacrificio que tiene varias aristas: el desgaste físico con entrenamientos y etapas  que en ocasiones rayan en lo inhumano,  la  permanente exposición a accidentes que pueden conllevar consecuencias fatales, y el sacrificio económico que representa para  casi todos la privación de muchas cosas en la vida en pos de lograr mantenerse activos en un deporte hecho para ricos pero practicado por pobres.

Cualquier ilusión se viene al piso cuando después de recorrer doscientos kilómetros en la más extenuante de las etapas, se llega a la meta en la cual sólo nos esperan cincuenta auxiliares de policía, unos pocos periodistas y otros pocos vendedores de dulces y refrescos. ¿Y público? ¿Dónde está el público? ¿Dónde está aquella afición que tenía que ser controlada con manilas para que no invadiera el camino de los ciclistas? ¿Dónde están aquellos aficionados que tenían que subirse a los árboles o a los techos de buses o camiones para poder ver algo del espectáculo?

Infortunadamente uno de los factores que no contribuye es el de las carreteras. Hace 60 años, cuando comenzó la Vuelta a Colombia, teníamos mejores carreteras. La explicación es muy obvia. Eran destapadas, es cierto, pero eran acordes con la carga vehicular de la época. Ahora son pavimentadas, pero no dan abasto porque son las mismas tres carreteras principales de hace más de medio siglo. Entonces el ingreso a las grandes ciudades es un imposible físico, ético y moral. Así de sencillo. Una ciudad como Bogotá colapsa si traemos una Vuelta a Colombia un viernes por la tarde. La cantidad de detractores que “gana” el evento es inimaginable. Lo más triste de todo, es que la gente se entera de que llegó La Vuelta por el trancón monumental que se armó; jamás se enteraría de otra forma, vale decir, jamás se enteraría a través de un canal de televisión. En la televisión están hablando de otras cosas: prevaricato, crimen, extorsión y violación. Si no hay una normativa que regule y obligue la promoción de nuestro deporte a través de los canales privados, no quedan esperanzas de nada.

De igual forma hay que entender que las transmisiones radiales en amplitud modulada (A.M.) tienden a desaparecer. Hay que invadir el F.M. Aquella romántica época del radio transistor ya no existe. Existen los locutores, pero los radios no.

Estamos en mora de una transmisión televisiva impecable.  Es que ya son sesenta años de historia. Así como se contratan servicios extranjeros con formatos y producción para los llamados Reality, debemos pensar seriamente en la posibilidad de dejar esa función en manos de empresas de comunicación que tengan el personal y la logística necesarios para la transmisión de, por lo menos, la última hora de cada etapa, sin cámaras fijas que sólo enfocan a un auxiliar de logística  tratando de espantar un perro porque los ciclistas ya vienen encima.

Gramaticalmente la frase Vuelta a Colombia  nos indica que es la vuelta que se le da a un país llamado Colombia. No  un giro que se da por las mismas ciudades  siempre, a veces hacia la izquierda o a veces hacia la derecha como Leoncio el León. Eso desmotiva a quien no la recibe y aburre a quien la recibe siempre. Por eso las Vueltas de 2010 y 2011, ambas con líder paisa, fueron notablemente carentes de público en la última etapa, curiosamente en Medellín. Hay que volver a La Guajira, Huila, Nariño, Cauca, Meta, etc. Hay que diversificar  porque la monotonía nos está matando. E incentivar con políticas de mercadeo y/o comercialización el apoyo de alcaldías, gobernaciones, etc. para que se utilice el “máximo evento deportivo de nuestro país” como una verdadera caravana que enmarque diferentes frentes de manera paralela al deportivo.

El Tour de Francia puede tomarse como ejemplo, como huella a seguir, pero la recuperación de nuestro deporte y de nuestra juventud está sólo en nuestras manos.

De no tomarse estos y otros correctivos indispensables, dentro de cincuenta años nuestros nietos estarán hablando aún del 5-0 contra Argentina y de un misterioso dolor de rodilla en el Dauphiné del ´84.