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El Dopaje que nunca vemos.

 

Por Hernán Payome Villoria


El mundo del deporte y su frecuente compañero de viaje –el doping-  han pasado, casi a la velocidad de la luz, desde los “simples” extractos vegetales hasta las más sofisticadas formas de dopaje que, probablemente, se extienden más allá del EPO y la Cera. Dicen los entendidos, que el dopaje va siempre dos pasos adelante de aquella ciencia que intenta develarlo.

Y en ese camino, muchas de esas sustancias han echado raíces, aunque otras tantas hayan sido erradicadas ya sea por su comprobada inefectividad o simplemente porque cada vez se encontrará “algo mejor” en el mercado. A ciencia cierta, no se sabe si los corticoides, anabólicos (esteroides androgénicos), las hormonas y los factores de crecimiento han sido desplazados a un segundo renglón, o siguen vigentes compartiendo sombríos honores con la mencionada EPO que ocupa, aparentemente, el primer cajón del podio dentro de las sustancias prohibidas.

Indudablemente, también suben frecuentemente al escenario sustancias como los Beta 2 Agonistas, que se usan como bronco dilatadores (Salbutamol, Formoterol, etc.).

Ese, digámoslo así, es el doping invisible.

Sin embargo hay, desde nuestra perspectiva, un “doping" visible, pero tan visible, tan visible que pocos logran verlo. Es el "doping" económico.

Inscribirse en una carrera –de ciclismo, siendo éste nuestro tema- sin contar con el andamiaje de un equipo fuerte que nos respalde a lo largo de toda la competencia, es entrar perdiendo sin haber dado el primer pedalazo. Y hasta ahí nadie ha hablado de algo ilegal o prohibido. Pero es una inocultable realidad.

Hablar de un equipo, en el deporte que sea, que entra al terreno de juego con “todos los juguetes”, inclina a su favor los futuros resultados. De hecho, las gigantescas escuadras desde el primer día del año casi podrían tener la lista completa de los triunfos que obtendrán en la temporada que se inicia. Y ese optimismo es entendible cuando dentro de su nómina de deportistas se cuenta con una gama de figuras que sólo un buen “músculo económico” puede sufragar.

En el caso específico del ciclismo hay muchas formas de intentar vencer a los demás (hablo de las socialmente aceptadas). La primera de ellas y quizás la más romántica, es ajustándose a un idóneo plan de entrenamientos y tácticas de competencia. La segunda, ir de la mano de la ciencia y la tecnología con el fin de magnificar nuestros esfuerzos y, la tercera, quitarle las armas al enemigo, y esto no es otra cosa que contratar a quienes potencialmente podrían ser nuestros rivales pero que, además, nos serán de mucha utilidad porque pasaremos de ser un simple equipo en carrera a un verdadero convoy en una batalla campal. Por eso, es fácil ver equipos en los que cualquiera de sus cinco primeros hombres perfectamente podría ser capo de escuadra de otro más, pero que por a, b ó c motivos, prefiere la estabilidad y las garantías ofrecidas por el gigante de turno, que jugarse su propia suerte soportado en su talento y clase pero careciendo de todo el estandarte que pueda ayudarlo a cumplir sus objetivos.

Bien podría decirse: “más vale pájaro en mano que cien volando”, mientras el organizador de la carrera, el periodista o el inquieto aficionado simplemente estarán diciendo para sí: “esto va a ser pelea de tigre con burro amarrado”.

Y mientras unos sufren y se desvelan pensando en la EPOpeya de sus vidas, otros pasan sobre sus cabezas en vuelos chárter, o a su lado en grandes y lujosos buses con la más moderna tecnologĂ­a, mirándolos de soslayo, cuando Ă©stos se asfixian entre ruedas de repuesto, neveras de icopor y caramañolas, en vetustos carros, hacia el lugar donde mañana será la lĂ­nea de partida porque, quiĂ©rase o no, mañana será otro dĂ­a y la vida debe continuar.