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¿En defensa de Froome?


Por: Hernán Payome Villoria

No, no estamos defendiendo ni atacando a nadie. No tiene sentido hacerlo. Como tampoco tendría sentido no intentar tener sentido…común. Por lo menos intentarlo, aunque jamás lo logremos.

Pero es que resulta insoportable, por decir lo menos, estar escuchando insinuaciones, rumores y comentarios por debajo del poncho o de la ruana, de que todo aquel que nos gana es porque está dopado. Es un disco tan rayado que va en contra de la tan destacada creatividad del colombiano.

Y siempre el argumento es el mismo: todo aquel que supere a un colombiano lo hizo haciendo uso malévolo de sustancias extrañas, motores extraños o hechizos extraños. Sólo nos queda por decir que quizás fuerzas extrañas o entidades del más allá van lanza en ristre contra los intereses de los colombianos.

Hay que intentar disfrutar el ciclismo, con todas sus cosas, buenas o malas. Si estamos viviendo un engaño (ojalá no sea así) pues vivamos engañados hasta el día que se revele la verdad. No tiene objeto esa eterna amargura demostrada por pocos o por muchos en torno a la inocultable sospecha del dopaje en pruebas de alta competencia. Es muy posible que lo haya; de hecho, muchos casos han sido oficialmente reportados por las autoridades pertinentes. Pero si censuramos con sorna una “carne contaminada” o una “cadencia de pedaleo”,  usemos el mismo sarcasmo para hablar de los jarabitos para la tos o la migraña.

¡El que esté libre de pecado que lance la primera piedra!

No son pocos los que se dopan. Hasta en el ciclismo recreativo muchos invierten todo un capital sólo para alimentar el engaño de ganarse un trofeo de cien mil pesos, pero con el reconocimiento ingenuo de amigos y familiares. ¿Entonces, por qué no habría de esperarse el dopaje cuando están de por medio millones de euros?

Pero esa razón, por válida y lógica que pueda parecer, no es suficiente argumento para creer e incluso asegurar que todo el mundo anda dopado. Si es así, y se tiene constancia de ello, entonces no logramos entender cómo nos prestamos para ver y difundir un evento en el que todos van dopados.

Si quedamos novenos, los ocho primeros iban dopados. Si quedamos en el tercer cajón del podio, los dos primeros iban dopados. Y, con seguridad, el día en el que ocupemos el puesto 198, es porque mínimo 197 corredores anduvieron sumergidos en el dopaje.

Lo más lamentable de todo, es que no son los deportistas nuestros los que se quejan; son algunos aficionados insatisfechos y, obviamente, todos aquellos que emocional o económicamente pueden verse afectados si un colombiano no gana.

Como colombianos que somos, es entendible, hacemos fuerza por un triunfo de un compatriota; eso resulta más que obvio, pero que ese desenfrenado y obsesivo “amor por el ciclismo”, no nos distancie de la objetividad. Si no consideramos como punto de partida el principio de presunción de inocencia, estamos perdidos. Disfrutemos la carrera, cualquiera que ella sea pero, de igual manera, disfrutemos y celebremos que gane el mejor. Si el mejor es un colombiano, celebremos; si no lo es, pues celebremos también, porque el objetivo (al menos el nuestro) es ver y disfrutar de un gran espectáculo, independientemente de quién lo brinde. Pero mientras no tengamos los argumentos y las pruebas irrefutables es mejor, por simple prudencia, quedarnos callados y respetar el trabajo de los demás, porque los demás también tienen sueños, los demás también entrenan, los demás también se sacrifican… y, los demás, también pueden luchar por lo suyo.