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Mario Cipollini



Cuando los grandes se retiran


Por: Hernán Payome Villoria


No es un pecado, tampoco es un delito, sería exagerado llevarlos a la horca o condenarlos al exilio, pero la verdad es que incomoda, molesta y a algunos ofende que se produzca el retiro de ciclistas en las grandes vueltas simplemente porque “tengo otros objetivos, creo que ya he cumplido, quisiera darme un respiro, necesito descansar”.

Muchos aficionados al ciclismo aún no logramos entender cómo puede tomarse tan deportivamente la decisión de abandonar una carrera así porque sí, sin importar el público, los medios y, en muchos casos, ni siquiera los patrocinadores.

Somos de la creencia firme, quizás un tanto anacrónica para los tiempos modernos, de que cuando uno hace parte de un proyecto, éste debe sacarse avante sea como sea, cruzar el río, llegar a la otra orilla. El cumplimiento hace parte de la responsabilidad, la responsabilidad hace parte de la ética y, donde no hay ética, no puede haber nada más.

Esto de los retiros, que infortunadamente tiende a convertirse en costumbre, lo hemos llamado coloquialmente “El virus Cipollini”. Obviamente, dicho lo anterior, debemos hacer obligada referencia al conocido exciclista italiano Mario Cipollini, célebre por su exitosa aunque controvertida carrera profesional entre 1989 y 2005. Cipollini ha sido uno de los mejores embaladores del lote internacional a lo largo de la historia. Obtuvo más de 180 triunfos; ganó el campeonato del mundo, la Milán San Remo y participó en muchos Tour de Francia, Giros de Italia y Vueltas a España, pero el número de sus retiros por poco iguala al de sus participaciones. Abandonó el Tour de Francia ocho veces, se retiró del Giro de Italia ocho veces, dijo adiós a la Vuelta a España en tres oportunidades y, en una de ellas, sólo estuvo allí para que su equipo fuera invitado pero se retiró al término de la primera etapa. Y, sin embargo, su historial habla de 43 victorias en el Giro y 12 en el Tour.

Cipollini consideraba, se deduce, que con estar sólo la primera semana de cualquiera de estas Grandes era más que suficiente. En la primera semana se compilaba un buen número de etapas con definición al embalaje, y él era un maestro en ese arte. ¿Entonces para qué enfrentar una dolorosa y prolongada batalla en las rudas cimas de los Alpes, las Dolomitas y los Pirineos? Lo mejor era ganar, levantar los brazos y, al bajarlos, cerrar las cremalleras de su equipaje y decir: “arrivederci bambini”.

El reciente retiro de los corredores Marcel Kittel y André Greipel en la edición 99 del Giro de Italia, deja un sinsabor en los fieles aficionados quienes esperaban contar con sus ídolos hasta el final, en competencia, liándose codo a codo con sus rivales, paralizando corazones en cada embalaje y demostrando que se está allí porque se ama lo que se hace.

Han quedado en el recuerdo las hazañas de Erik Zabel, aquel alemán que fuera todo un ídolo en los noventas, siendo seis veces campeón de la regularidad en el Tour de Francia, lo que de hecho implicaba llegar a París, vivo o muerto.

Ahora, sólo unos pocos insisten en dar batalla, en cumplir con lo trazado, en llegar al último destino en busca de conquistar la camisa de la regularidad, sin ocultar el inevitable temor de que se les recuerde que ganaron solamente gracias a que los otros se retiraron. Es frustrante y no deja de ser una ofensa para los mismos corredores. Mientras la mayoría tiene que regular sus fuerzas para sobrevivir 21 días de competencia, los demás tienen medido hasta dónde irán, y plenamente confirmado que 24 horas antes del último embalaje ya habrán hecho su check in rumbo a casa.