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Por Hernán Payome Villoria


¿Será que ocho medallas obtenidas en los Juegos Olímpicos de 2012 son suficientes? Sí, claro; suficientes para incentivar a los padres de la patria a hacer mil y una promesas que jamás se cumplen: Ministerio del Deporte, complejos deportivos, aporte de mayores recursos económicos, pistas de Bicicross, velódromos, bicicletas para los niños del campo, ciclo rutas y hasta puentes donde no hay río.

Primer lugar en el Tour de L´Avenir en 2010, 2011 y un segundo puesto en 2012. ¿Suficiente? Sí, claro, suficiente para haber construido mínimo tres Centros de Alto Rendimiento en el país.

Nairo Quintana campeón del Giro de Italia, Rigoberto Urán subcampeón, premios de montaña escriturados a Julián Arredondo, y cuatro victorias de etapa, sin mencionar los dos segundos lugares de Fabio Duarte y las 271 escapadas de los muchachos del Team Colombia. ¿Suficiente? Desde luego; suficiente para escuchar un júbilo inmortal usado maquiavélicamente por aquellos que suelen valerse de momentos de frenética emoción para ocultar la realidad de un país descuadernado por la injusticia.

Sin desconocer ni subestimar la sensibilidad del aficionado, podemos asegurar que otra vez se volvió a lo mismo. A las promesas “veintejulieras” que sólo pueden creer aquellos que han perdido la razón;  aquellos orates de este crucigrama llamado Colombia.

¡Poco a poco va bajando la marea!

Comienzan a descender rebosantes de alegría, uno a uno, todos aquellos que en buen momento se subieron al Bus de la Victoria. Aquellos que, con ojos de águila, calcularon el momento justo, milimétricamente preciso, para caer en picada sobre una presa que divisaron a más de 10.000 pies de altura. Y cayeron con tal exactitud, que se llevaron en sus garras la noticia del momento, las palabras del sudoroso y agitado deportista, las lágrimas de unas madres conmovidas por las hazañas de sus hijos, la fotografía oportuna, el comentario perfecto, y un forzado protagonismo, intentando recoger los frutos de un cultivo que desconocen por completo y para el cual no aportaron el terreno, ni la semilla, ni el abono y, ni siquiera, una palabra de aliento. ¡Pero ahí estaban!

Ya terminó la fiesta. La música se silenció y las luces se apagaron.  Todo ha vuelto a la calma. Ahora, enfilarán su vuelo hacia el sur en busca de un nuevo momento “oportuno” para poder seguir dando vida a su esencia.

Mientras tanto, aquel Bus de la Victoria, tan requerido y utilizado en la última semana del Giro por los oportunistas de turno, deberá permanecer en un frío y desolado parqueadero hasta que, tarde o temprano, surja el motivo suficientemente estimulante para ser desempolvado, maquillado y pintado como la ocasión lo amerite. Quizás ese momento sea anunciado por la prensa internacional,  la cual se encargará de poner a todo un país, al tanto de la brillante actuación de los  deportistas colombianos en territorio extranjero. Y justo, en ese preciso instante, en estampida salvaje, sus ocupantes de siempre lo atiborrarán hasta las ventanas, apretujados hasta la asfixia, como en lata de sardinas.

Sí, la fiesta ha terminado, al menos por ahora. Pero sin lugar a dudas, en este momento otros deportistas estarán dando sus primeros pasos en competencias de menor perfil, pero, curiosamente,  allí ya no habrá nadie, porque el manjar no será igualmente suculento. Es mejor esperar atisbando desde un gigantesco árbol el momento oportuno para caer sobre tan codiciada presa, sin dar espacio al más mínimo error de cálculo. ¿Para qué gastar tanta energía infructuosamente? ¿Para qué?