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Mont Ventoux, Una Montaña de Infarto PDF Imprimir E-mail
Escrito por Hernán Payome Villoria   



Rumbo al Mont Ventoux



Relatos de dos periodistas colombianos en las montañas de Europa.

Escrito por Hernán Payome Villoria


La verdad, es justo decirlo, desde abajo se ve inofensiva; quizás sea ésta la única razón por la que muchos ciclistas se animan a intentarlo. Pero si supieran lo que les espera, estoy seguro de que algo más de la mitad de los pedalistas de Francia y de todo el mundo, optarían por dedicarse al golf o al dominó

Las anteriores palabras las he usado solamente para poder llegar a una sola frase: el Mont Ventoux, es una subida de infarto.

Traducido de manera elemental, sería algo así como la Montaña de viento, y su nombre no obedece a otra cosa diferente que a las fuertes corrientes de aire que soplan en su cima.

Catalogada como una de las más fuertes en la ronda francesa, la subida al Mont Ventoux es una cuesta realmente atípica y desconcertante. De los ascensos que hemos tenido la oportunidad de conocer, éste es el único que te muestra el punto de llegada antes de comenzar a subirlo. La razón es muy sencilla; se trata de una montaña apartada, distante de las demás, solitaria. Y desde abajo, si levantas desprevenido tu mirada, alcanzarás a ver una gran construcción en cemento y una antena inconfundible, que te estarán indicando que hasta allá tienes que subir. Es decir, esta montaña no es traicionera en absoluto; desde el principio te dice dónde está su cima, y te brinda así la gran oportunidad de que intentes subirla asumiendo todos los riesgos o, simplemente, dar un giro de 180 grados y dejar las cosas así, de ese tamaño.

Un kilómetro antes de comenzar el ascenso, encontrarás una glorieta que protege un monumento al ciclista. Luego, comienza el ascenso por las pequeñas y congestionadas calles de Bedoin donde alcanzas a ver que abundan los almacenes de artículos para ciclismo y se alquilan bicicletas, seguramente de gran calidad. Pero no podemos detenernos a mirar vitrinas; tenemos una cita con la montaña, y debemos ser puntuales. Los primeros 3,5 kilómetros son realmente suaves; nada del otro mundo. El reloj marca una inclinación de 6%, temperatura de 18 grados centígrados, 430 msnm, cadencia de pedaleo 80 por minuto y 140 latidos cardíacos como pulso promedio. Así las cosas, cualquiera pensaría que se trataba de un “paseo de olla“. Justo en este punto, vas pasando las calles de Colombe, y eso, de alguna manera, te hace recordar a toda tu gente y te brinda fuerzas para subir.




Camino de alameda; la brisa no tiene por dónde entrar ni el calor por dónde salir.


La cuesta se desarrolla por una carretera poco transitada pero angosta, sin llegar a las proporciones del Mortirolo italiano. El desnivel paulatinamente sigue aumentando, y se mantiene oscilante entre el 6 y el 9%, sin descansos. En el km 6,5 encuentras una curva a la izquierda que te hace despertar. Te sorprende intempestivamente un 13% que no estaba en tus cálculos, pero no pierdes las esperanzas de que sea algo transitorio. Bueno, en verdad era algo transitorio, porque después sube al 14 y luego al 16%. La cosa quiere complicarse. En un camino de auténtica alameda, los árboles a lado y lado tuyo hacen que el calor sea sofocante. El reloj ahora marca 24 grados centígrados y sabes que debes comenzar a tomar líquido antes de que sea tarde. El ascenso no cede; nosotros tampoco. Es una guerra que nos hace recordar una vieja canción colombiana: “o me lleva usted o me lo llevo yo, pa´ que se acabe la vaina“. Si no llevas agua, te mueres! No vas a encontrar jamás curvas en herradura que te brinden un segundo aire; digamos que sólo son curvitas conformando una recta interminable que no da tregua. Paradójicamente, no hay viento; la brisa no tiene por donde entrar al camino y el calor no tiene por dónde salir.




2 km para coronar


En el kilómetro diecisiete las cosas comienzan a cambiar; el sufrimiento cambia de cara, pero no de intensidad. Te encuentras visualmente con el fin de la jornada; allá, arriba, tocando el cielo, vuelves a ver la antena que te marca el fin de la subida, pero miras tu reloj y él te dice que no te ilusiones: aún faltan 4,5 km de pedaleo. Pero ya hay algo de aire, te subes la cremallera de tu camiseta para evitar un golpe térmico, el viento aumenta pero no te doblega, quizás hoy tenemos suerte. El paisaje es majestuoso, la montaña inmensa, solitaria, inalcanzable. Puedes divisar un automóvil que esté dos kilómetros delante de ti. Sabes que tienes que subir hasta allá; el tiempo transcurre, la temperatura se mantiene, sopla el viento, mil imágenes vienen a tu mente, te parece increíble estar donde estás y esa emoción infinita te pone alas para coronar la cúspide tan anhelada, esa misma que tristemente viera morir en 1967, después de un descomunal esfuerzo, al británico Tom Simpson. Y ves, un kilómetro antes de coronar, el monumento construido en su honor, con pequeños artículos que han dejado como ofrenda sus seguidores: caramañolas, guantes, cachuchas, monedas, fotos, etc.


Monumento en homenaje a Tom Simpson



Luego te envuelve un paisaje lunar, y crees estar en la luna; o quizás siempre hemos estado allí, sin darnos cuenta.

Cuando has llegado al final, descubres en la inmensidad del horizonte las últimas curvas que te condujeron lentamente a uno de los momentos más maravillosos de tu vida; el ascenso al mítico Mont Ventoux, una montaña de infarto!




Panorámica desde la meta de una mítica etapa del Tour de Francia