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No todo lo POSITIVO es NEGATIVO (Editorial) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Hernán Payome Villoria   


No todo lo positivo es negativo



Hernán Payome Villoria


En cada una de las circunstancias de la vida, no siempre todo coincide con lo que parece. Quizás por ello las cárceles están llenas de inocentes, y las calles saturadas de bandidos.

En el caso del dopaje en el deporte y hablando específicamente de la disciplina que nos atañe, suceden situaciones similares,  en las cuales un ciclista dio positivo pero es inocente. Y, aunque parezca difícil creer en la inocencia de quien ha sido sometido a exámenes y ha reportado resultados desfavorables, no son pocos los casos en los que el deportista no tenía ni idea de que por su organismo paseaban libremente sustancias que lo iban a meter en problemas.

Porque salir positivo no necesariamente está ligado a la ética del individuo, como tampoco lo sería salir negativo. La verdad absoluta sólo se obtiene con un sofisticado y metódico examen: el de conciencia; allí es donde radica la complejidad del problema.

Muchos deportistas cuando han sido comunicados por las autoridades pertinentes el haber dado positivos en algún control, dentro o fuera de competencia, serían capaces de dar su propia vida por demostrar su inocencia. A veces se cuenta con el apoyo familiar o de amigos, pero a veces no. Y hablar del apoyo de sus Federaciones sería esperar más que un milagro. Muchos de ellos han invertido de su propio peculio exorbitantes sumas de dinero para adelantar su defensa ante los estrados deportivos y judiciales. Y algunos, no todos, han logrado demostrarlo. Sí, lo han logrado como una manera de mostrarle al mundo su intachable conducta. Algunos logran recuperar sus medallas, trofeos y demás condecoraciones que antes tuvieron que devolver o que ni siquiera habían recibido por estar señalados. Todas esas cosas tienen reversa, menos el estigma creado. Si hay algo en el mundo que no tiene vuelta atrás ante los inquisidores ojos de los demás es el dopaje. Y, haciendo lógica referencia sólo a éste, infortunadamente la palabra “dopaje” queda tatuada de por vida en el afectado. No importa si es inocente o no, no importa la sustancia, no importa la dosis, no importa nada. Porque, una vez sometida al escarnio público y cremada en ardientes llamas, nada podrá recuperar la imagen de quien dio positivo. Sólo su familia, allegados y fervientes seguidores confiarán en él (quizás porque nunca desconfiaron) pero…los demás, sus opositores, detractores, la prensa sesgada y el fanático de turno, no desaprovecharán oportunidad para desollar vivo a aquel que está conectado al borne positivo.

Y terminan pagando la misma cuota y la misma sentencia tanto los inocentes como los verdaderamente culpables, porque es difícil reconocer esa línea imaginaria entre el delito y la inocencia en algo tan inescrutable como la conciencia.

Muchas veces como aficionados hemos metido las manos al fuego por deportistas que, con el paso del tiempo, resultaron ser parte estructural de sofisticadas y metódicas tramas de dopaje. ¿Quién no aplaudió a Lance Armstrong cuando ganó su primer Tour en el 99? ¿Quién dejó de aplaudirlo en los seis años siguientes? Él, positivo confeso, está expuesto hoy a tener que afrontar problemas que van mucho más allá de lo deportivo y publicitario, y penetran en el ámbito de lo penal.

Otros más, vinculados con la Operación Puerto, aquella investigación adelantada por la Guardia Civil Española para desmantelar una auténtica red de comercialización, distribución y consumo de sustancias dopantes, tardó algo más de siete años en llegar a feliz término, si se entiende por feliz que se hayan develado algunos nombres y se hayan dictado sentencias que en muchos casos sólo produjeron hilaridad. De los deportistas relacionados con Operación Puerto (no sólo ciclistas), algunos fueron sancionados por sus respectivas Federaciones (después de asumir investigaciones por su propia cuenta, caso Alemania e Italia), mientras otros más eran “aplaudidos” por éstas y recibidos y tratados como ícono nacional. Hoy, muchos de ellos se pavonean orondos como si nada hubiese pasado, sin contar jamás con un pequeño detalle: el aficionado siempre podrá reconocerlos entre las multitudes y los señalará con el dedo.

¡Pero no todo es negativo!

Dentro del extenso grupo del dopaje también se encuentran ellos: los inocentes.

Infortunadamente, aunque quiera negarse u ocultarse, algunos de quienes hoy están en esa lista negra, no deberían estar allí. En un país que ocupa el último lugar en educación a nivel mundial (ver Estudios Pisa 2014) no resulta nada increíble que haya ciclistas de alta competición que no tienen el más mínimo conocimiento sobre lo que es malo y lo que es bueno en el mundo del deporte. Quizás por esta razón es que muchos de nuestros jóvenes no preguntan: “¿cómo entreno? sino ¿qué me tomo? Pero eso es otro capítulo.

Existen cientos de deportistas que si conocen dos nombres de sustancias prohibidas por la UCI, señaladas de ser dopantes, no conocen tres. Y eso, de hecho, es algo preocupante si el desconocimiento es del deportista; delicado si es del técnico, e imperdonable y vergonzoso si es del médico del equipo. Porque, en el vasto mundo del dopaje no sólo existen la EPO, ni la EPO Cera, ni las anfetaminas ya pasadas de moda, ni los corticoides, etc. La lista de sustancias prohibidas es extremadamente extensa y esto obliga al deportista y a quienes lo asesoran a estar permanentemente actualizados sobre el tema y, además, saber qué medicamentos pueden contenerlas para poder evitarlas. No olvidemos que en nuestra cultura, la auto medicación es uno de los mayores flagelos. Pero no solamente es responsabilidad del deportista y de sus asesores; es obvio que también es de directa incumbencia de los entes reguladores de cada deporte, en nuestro caso, de Coldeportes Nacional, la Federación Colombiana de Ciclismo, las Ligas Departamentales, los Clubes, los equipos, etc. Si todo se hiciese al derecho, como debe hacerse, seguramente no se presentarían casos de positivos en deportistas cuya intención jamás fue la de recurrir a la trampa. Puede ser que ese porcentaje sea mínimo, pero existe y no puede desconocerse. Por eso se viven historias que pueden alimentar lo que llamaríamos un "realismo trágico":

Un ciclista cae en el embalaje de una etapa de la Vuelta a Colombia con llegada en el Camellón del Comercio de Girardot. Es el mediodía de un miércoles; hace un sol cancerígeno y no se mueve la hoja de un árbol. Aunque logra ponerse en pie y terminar la etapa, llega al hotel cojeando y con cara de pocos amigos. Diagnóstico empírico emitido por su compañero de habitación: “rodilla inflamada”. Tratamiento aprobado por el farmaceuta de la esquina: “esta crema es bendita; aplíquesela cada 8 horas”. Resultado de análisis contra el dopaje efectuado en la etapa que terminó en Cali tres días después: “positivo por Betametasona”. Sentencia: crucifixión con previo escarnio público, preferiblemente en ayunas”.