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Condenados al exilio


Por Hernán Payome Villoria

Aunque ya lo habíamos dicho, es prudente repetirlo. Jamás volveremos al Tour. Al menos no en calidad de selección nacional. No es que nos alegre esta “sentencia”, pero en honor de la verdad y de un sano optimismo, es prudente no generar falsas expectativas ni engañar a nadie porque, a veces, es tan grande la ilusión de escuchar cosas buenas, que cualquier ilusionista de callejón nos puede hacer ver cosas que no existen.

Y no volveremos por dos factores: uno de tipo logístico y el otro estrictamente deportivo.

En cuanto al que tiene que ver con la parte logística, administrativa, de escritorio, o como quiera llamarse, es simplemente porque Colombia no cuenta con un equipo de clasificación UCI World Tour para poder ser incluido en la lista de los dieciocho equipos que son elegidos de manera directa por los organizadores de la carrera. Además, si se quiere ser invitado adicional, es decir, conformar ese grueso grupo de equipos que año tras año lucha por ser parte del cuarteto que completa la lista de los 22 seleccionados, también debe cumplirse con requisitos que el sistema UCI World Tour impone, tales como un aval económico que perfectamente puede superar los seis millones de euros anualmente, participación en todas las carreras del calendario World Tour, incluyendo las Clásicas de Primavera (Paris Roubaix, Lieja-Bastogne-Lieja, Tour de Flandes, etc.), presentar figuras de renombre internacional, resultados,  y una sumatoria de puntos en las competencias del calendario UCI por parte de los integrantes del equipo, quienes deben haber adelantado, si no firmado, contratos de vinculación serios y sustentables, y no de palabra o de cafetería de esquina.

Resulta obvio pensar que ninguna empresa colombiana se va a echar al hombro la responsabilidad de generar un aporte de cerca de 20 millones de euros para solventar un período de tres años,  tiempo que un equipo requiere para comenzar a brindar resultados. Es allí donde se vuelve imperiosa una alianza con gran capital extranjero, situación que no se vislumbra por ninguna parte.

En otras palabras, lo de 1983 es otra historia; las condiciones eran distintas, y Colombia fue invitada al Tour como equipo aficionado. Hoy todo funciona de manera diferente.

Para muchos la opción número uno, por no decir la única, la constituyó la creación del Team Colombia, equipo con capital italiano y un aporte colombiano, con ciclistas de nuestro país y con sede en la península itálica. Su gran debut fue el Giro de Italia, carrera en la que se pretendía hacer presencia y brindar espectáculo lo cual, de hecho, se logró con las actuaciones de Dárwin Atapuma, Jarlinson Pantano, Robinson Chalapud y Fabio Duarte, pero  cuyos resultados, en términos estrictamente numéricos, no coincidieron  con la gran expectativa con la que se formó el equipo. Y pese a enorgullecernos con el calificativo de “escarabajos”, en el USA Pro Challenge disputado en el mes de agosto en Colorado, EE.UU., muy poco logró extractarse del equipo colombiano en una prueba que fue disputada con buen gradiente de montaña y a gran altura sobre el nivel del mar; inclusive muchas de las etapas superaron los 3.000 msnm. Y si a todo ello le sumamos que Dárwin Atapuma alista sus maletas para irse a casa del  BMC, y que Esteban Chaves adelanta conversaciones con el conjunto australiano Orica GreenEDGE, el Team Colombia se va desmembrando y necesitará de otros corredores, otro proceso, otra esperita, y en esa nos vamos a  quedar.

Aún suponiendo que hubiese los recursos y el conducto regular para conformar un equipo con Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Sergio Luis Henao, Fabio Duarte, Carlos Alberto Betancur, etc., esta medida no serviría de nada. ¿La razón? Ningún equipo del globo terráqueo está integrado por ciclistas de una misma nacionalidad; la excepción a la regla era el Euskaltel Euskadi, pero ya no lo es. Jamás un equipo funciona solamente con  escaladores. ¿Entonces, quién se encargaría de una persecución en terreno llano? ¿Quiénes serían ficha clave en una contrarreloj por equipos? ¿Quiénes los gregarios? En otras palabras, habría mucho cacique y poco indio, y así no funcionan las cosas.

Y, quiérase aceptar o no, ciclista que vea dinero en otras tierras, se va! No importa si es a cargar caramañolas…, eso también es ciclismo. Lo importante es que su trabajo sea reconocido. Ya nadie corre por la medallita de la Virgen del Carmen, ni por la promesa de carro, casa, beca o pensión. Ya los corredores colombianos no comen cuento; muchas cosas han cambiado. Por eso muchos de nuestros deportistas dan lo mejor de sí en las carreras de Europa o EE.UU., porque no dejan de lado la ilusión de que algún equipo de talla mundial fije sus ojos en ellos y les cambie la vida. ¡Y se las cambia! Cuando de dinero se trata, hay quienes prefieren ser cola de león y no cabeza de ratón.

Entonces, todo parece indicar que el destino de los corredores colombianos es verse condenados al exilio voluntario para poder triunfar y para, de alguna forma, poner en alto el nombre de su país, si es eso lo que se pretende. Somos un potencial semillero del ciclismo mundial, y como tal debemos asumirlo. Al igual que en el café, el cacao, el algodón, etc., deberá ponerse en la frente de cada ciclista colombiano una calcomanía que diga PRODUCTO DE EXPORTACIÓN.

Un país que exporta materia prima para que otros terminen el proceso. Lograrlo es muy sencillo, porque justamente materia prima es lo que abunda, pero debe tenerse en cuenta el inevitable costo que todo ello conlleva: el ciclismo interno seguirá perdiendo nivel por la inevitable ausencia de grandes figuras nacionales y ante la invitación de corredores de muy discreto perfil.

Esto antes era llamado “fuga de cerebros”; ahora es simplemente un “Exilio Voluntario”, pero no hay otra salida.